Te apetece, lo pides, lo disfrutas… y, de repente, aparece esa vocecita que te hace dudar.
Porque durante años nos han enseñado a comer desde la renuncia. A restar, a medir, a compensar. Vivimos expuestos a cientos de estímulos que constantemente nos dictan lo que está bien y lo que está mal comer, lo que sí y lo que no, cuándo «con» y cuándo «sin». Este clima de polarización alimentaria que pasa de la restricción al exceso, de la indulgencia al castigo, es agotador. Al menos, nosotros nos hemos cansado.
Por eso hemos creado este movimiento. Para reconciliarnos con el acto de comer, para promover una alimentación equilibrada y para dejar la culpa fuera de juego.