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Kéfir que te quiero kéfir

por La Newyorkina
El kéfir llegó a mi vida hace escasas semanas por casualidad. Una especie de serendipia lo puso en mi camino y, después de probarlo y llevar a cabo una ardua investigación sobre su historia y sus propiedades, he decidido jurarle amor eterno, serle fiel y reservarle un sitio permanente (y preferente) en mi dieta. Yogur natural desnatado, yogur griego, tenemos que hablar. No es por vosotros, es por mí. He descubierto otro alimento con el que mezclar mi granola y no he podido evitar caer rendida ante sus prometedores beneficios. Cuando uno hace un hallazgo así, debe compartirlo con la humanidad porque seguro que hay más de un despistado que, como yo, vivía ignorante y tristemente ajeno a la existencia del kéfir. Hasta hoy. Antes de hablarte de sus beneficios para la salud, te contaré un poco sobre su historia. Me encanta conocer la historia de las cosas, su origen, su alma. Por eso, cuando descubro algo nuevo, sea de la índole que sea, me gusta bucear en su pasado para conocerlo mejor y porque el saber no ocupa lugar. Empezaré por su nombre. Se dice que la palabra kéfir procede de una expresión turca que significa “sentirse bien”. El comienzo ya es prometedor. Eso sí que es hacer marca y lo demás, otra cosa. El kéfir es uno de los productos lácteos más antiguos que se conocen y sus orígenes tienen algo de leyenda, aderezada con un poco de misterio. En este punto, haré una aclaración. El kéfir es el producto lácteo pero también se llama así al hongo que se usa para su producción. Su procedencia se sitúa en el norte de las montañas del Cáucaso, entre Rusia y Georgia. Allí, los habitantes de la zona fueron los primeros en utilizar los gránulos de kéfir para fermentar la leche en bolsas de cuero. La leyenda dice que Mahoma fue quien dio granos de kéfir a los ortodoxos y les enseñó cómo producirlo. Los conocidos como “Granos del Profeta” fueron guardados con celo, como si del elixir de la eterna juventud se tratara, y el modo de usarlos era un altísimo secreto, algo así como la fórmula de la Coca-Cola de la época. Los granos de kéfir formaban parte de la riqueza de una familia y se transmitían de generación en generación. Una auténtica herencia familiar. El kéfir (el producto lácteo) se obtenía después de añadir los granos de kéfir (el hongo) a la leche de vaca o de cabra en un saco hecho con pieles de animales para que fermentara. El kéfir fue olvidado durante siglos hasta que médicos rusos volvieron a poner en valor los beneficios de esta bebida para la salud. Actualmente, los productos pro bióticos, alimentos vivos y funcionales, están más en auge que nunca y, con ellos, el kéfir ha vuelto a la primera línea de las dietas más saludables. El kéfir es una bebida similar a un yogur batido y su sabor puede resultarte un pelín agrio. Te confesaré que yo, de momento, busco aquellos envases que recen “Sabor Suave”. Esto es como todo, depende de si eres de los que se meten al mar sin pensárselo o de los que tardan media hora en entrar. Yo pertenezco al segundo grupo y en esto del kéfir, también. Pero, ¿cuáles son los tan alabados beneficios del kéfir? Destaca especialmente por sus efectos sobre el aparato digestivo. Sus bacterias fortalecen el sistema inmune y acaban con gérmenes y bacterias. El kéfir es una importante fuente de nutrientes como el calcio, potasio y fósforo, y vitaminas A, B2, B9, D y K. Además, el kéfir tiene un alto contenido en lactasa, una enzima que descompone la lactosa de la leche, convirtiéndose en un producto estrella para los intolerantes a la lactosa. Facilita la asimilación de los alimentos por parte del sistema digestivo, regenera la flora y regula el intestino. Si tu aparato digestivo es tu talón de Aquiles, estás tardando en probar el kéfir. Puedes darte al kéfir cuchara en mano directamente del envase y sin ningún otro acompañante. Sin embargo, te recomiendo que le des un poco de alegría mezclándolo con fruta (yo lo hago con arándanos azules), con cereales o, cómo no, con granola artesanal. El kéfir y la granola forman la pareja perfecta por el aporte de proteínas y calcio del primero y los hidratos de absorción lenta de la segunda. Puedes elaborar tu propio kéfir de forma casera aunque, por lo que sé, conseguir los granos de kéfir no es tarea fácil (esto no ha cambiado mucho a lo largo de la historia). Pero si quieres una opción más accesible, y rápida, puedes adquirirlo en grandes superficies o, mejor aún, entre los pequeños productores de tu zona. Busca alguna tienda local que venda kéfir artesanal y ¡añádeselo a granola La Newyorkina!
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